Una joven botánica de la Universidad Rovira i Virgili, llamada Laia, pasó años intentando documentar a los Urukais, hasta entonces considerados solo un mito folklórico. Una mañana de densa niebla cerca del Castell d'Escornalbou, Laia se sentó en silencio absoluto junto a un roble centenario.
De repente, escuchó el primer klick. Luego, otro, más cerca. Finalmente, vio uno: una pequeña joya de piedra y vida trepando por su bota, sus ojos ámbar observándola con curiosidad. El Urukais se detuvo, hizo su característico klick-klick, y justo en el lugar donde había tocado la bota de Laia, un pequeño brote de brezo comenzó a asomar tímidamente de la tierra seca.
Laia comprendió entonces: los Urukais no son solo criaturas; son los arquitectos silenciosos de la biodiversidad y la magia oculta de las montañas de Alforja.